El Castillo, la rata y el búho ( 646-666 )


El Castillo -por Salvador Núñez (Humano 666)
Una rata salió del Castillo del Diablo a las seis de la tarde totalmente satisfecha, su barriga llena era como un canto gregoriano desafinado, sublime solo para el que la canta, se lamió sus patitas hediondas antes de dar el santo que lo sacaría de esa burbuja perfecta. De ahí se fue para donde sus hijos, apenas entró la rata todos se levantaron de sus sillas para aplaudir la hazaña, daban vítores y silbidos. -¡Levantemos a la rata en hombros! -decía un gordo con aliento de agua estancada. -¡Ha entrado al castillo para traer nuestro sustento! -En eso la rata se subió a la mesa y vomito todo lo que había comido, que extraño banquete, de su boca salían monedas, pactos sagrados y firmados con sangre, voces de algún robo extraordinario y brazos de niños desnutridos. Sobre ese emplasto de sangre, oro, monedas, voces horrendas y papeles sellados  todos los comensales se echaron, bandas presidenciales quedaron empapadas de sangre, la tinta del papel quedó disuelta por la baba de los abogados, gritos de felicidad, era un carnaval. -¡Bendita seas tú oh gran rata! -impostó la voz de un presidente. -¡Entraste al Castillo del Diablo para traer vida a tus hijos! -¡Alabado seas por la sentencia histórica y revolucionaria: amar a los que creyeron en ti! - rezó otro bufón ayayero sin saber ni entender la catáfora aprendida a golpe duro en el lomo. Los que tenían la boca llena solo asentían con la cabeza y por esos breves momentos dejaban de fruncir los ceños de placer y odio.
El banquete duro poco a pesar de su abundancia. -¡Queremos más! -gritó un futuro presidente. No te preocupes amado hijo, mientras hayan estúpidos en la Tierra yo podré entrar a ese castillo -chanceaba la rata con gesto de sabiduría añeja. -En eso al magna roedora dio a todos la espalda para salir y ver donde estaba el Castillo del Diablo, ya era muy de tarde y presentía peligro porque empezaba la hora ajena, entonces bajo a la madriguera nuevamente y les dijo: -Esperemos hasta mañana, madrugaré temprano para que Dios me ayude, a esta hora el búho es sabio y rapaz, dejemos que se coma a los descuidados, yo, hijos míos, soy una rata profesional. -En eso se acercaron los hombres de terno con gestos de niños orgullosos para decir: -Te amamos tanto y creemos tanto en ti que aveces nos olvidamos que existe la justicia de los pobres bienaventurados. -Notables palabras -afirmó la rata. -Es bueno que no olviden que lo nuestro puede acabar tan fácil como empezó, yo quisiera darles solo lo necesario para que sean razonablemente felices, pero nunca están satisfechos, siempre quieren más sangre, más dinero y papeles firmados con honores perdidos, ya es hora de que piensen que hay nuevos predadores en la tierra: las serpientes, los gatos y hasta los pumas están hartos de verme tan próspera. -¡Ya calla por amor de Dios! -gritó un cura que gustaba de robar cuadros y joyas de Dios. -Nuestra cena se puede avinagrar -terminó el cura con firmeza fingida. -¿De que me temes y por qué me callas? ¿Acaso no te he traído a los niños desnudos más deliciosos y he dado suerte para que profanes la casa de nuestro creador? ¡Ingrato! -y siguió: -Cada vez que los veo tan burdos y avarientos me arrepiento de haber dejado a Cristo, mi último recuerdo de él fue en la última cena, ese buen hombre me dejo una migajas de pan porque sabía que de noche mis antiguos hijos necesitaban de alimento, y no solo eso, murió por mis pecados. -después de un breve silencio remató: -¡no me sigan! -La rata herida en su extraña moral salio afuera para ver el último rayo de Sol, hacía frío porque las nubes solo dejaban ver un poco de luz en el ocaso, el viento tapó el sensible suspiro y el silencio interno abandonó su orgullo, entonces la pestilente se puso a llorar.