Humano, superlativamente humano (626 -666)


Amanecer —por Salvador Núñez.

El viento había destapado al bufón en la madrugada, pero como estaba bien acomodado en el tronco y había espacio simplemente encogió las dos piernas en posición fetal. El tronco había sido muy bien tallado y tal vez pensado para ese fin, pero lo importante no era si eso fue acierto creativo o azar bendito en aquel hospedaje para vagabundos , lo bueno es que el loco durmió muy feliz y que cuando el Sol empezó a sacar al bosque de su tristeza él se hallaba feliz y agradecido por vivir.

—Bendita mañana —dijo el loco —la vida también es divina para los últimos como yo, ahora soy el primero en la fila. Me arrepiento de haber renegado contra la existencia. La piedad de ese viejo al darme el privilegio de sentarme junto a él sin importarle mi aspecto me ha dado la inspiración para volver hacer arte. Así que haré un taller con un árbol caído de este bosque, quemaré ramas para hacer carboncillos, sacaré la arcilla del cerro para hacer esculturillas en cerámica, elegiré los cantos rodados más hermosos para pintar miniaturas, conseguiré sebo del mercado para mezclarlo con polvo de carbón. Esos serán mis primeros materiales para recrear mis sueños.

—El loco decidió que ese árbol iba a ser el comienzo de su casa-taller. No lo cortó, pero de él nacieron las cuerdas y los soportes. Don Emilio de muy buena gana le facilitó las herramientas que guardaba en su depósito, las que faltaban se las pidió prestadas a Rodolfo, un carpintero que en vez de llamarle "Don Emilio" le decía "señor alcalde". Los dos habían envejecido juntos, pero el artesano aparentaba mucho menos edad. En los días que pudo ayudó al loco con su taller. A manera que aumentaba la fe en el loco este reclamaba su nombre olvidado hasta por él mismo—Mi nombre es Salvatore —le decía el loco al carpintero cada vez que este le proponía apoyo con la frase: —¿En qué te ayudo loquito? —ya lo decía por molestarlo, pero con el tiempo Salvatore se unió a la sonrisa de su nuevo amigo cuando este  preguntaba socarronamente.

Mientras trabajaban hablaban de los derechos laborales a manera de broma, porque ambos sabían que ya no existían. También meditaban sobre la matanza que hubo en la selva en nombre del progreso, de la venta de todos los recursos naturales y los favores pagados por debajo de la mesa en ese país de remate. —¡Baratito caseritoooooooooo! —imitaban de manera burlona al presidente de aquella colonia minera del Nuevo Orden Mundial.